Al poco tiempo de que estuviéramos vivendo en esta casa saltaron la reja y se llevaron unas herramientas.

Trajimos a Canela.

Unos meses más tarde llegamos de vuelta de la cena de nochebuena y encontramos que habían roto la reja, entrado, y se habían llevado mi notebook y la de Lore, y algunas otra cosas.

Pusimos alarma.

Hace algo de un año unas seis personas armadas encañonaron a Lore entrando a la casa de mis suegros, y tuvieron a la familia de Lore (incluyendo a Pedro y a Joaquín) por un par de horas mientras vaciaban la casa. No pasó nada más grave en gran parte por el trabajo de mediación de Lore (así quedó su estómago, también).

Mis suegros pusieron un portón automático; hasta el día de hoy Lore se pone frenética si demoramos demasiado entrando o saliendo de la casa de sus padres.

Cuando fueron a hacer la denuncia se la tomaron de mala gana, mala manera y peor forma; cuando mi suegra reconoció a uno de los tipos en una obra en construcción, no le dieron bola.

Hace unos cuatro meses entraron dos personas a mi casa a punta de pistola, con nosotros cuatro ahí, y se llevaron todo lo que pudieron. Joaquín tardó una semana en dejar de tener pesadillas porque en un momento le apuntaron directamente a él, y él estaba convencido de que lo iban a matar. Está convencido, hasta el día de hoy.

Lo que nos enteramos después es que nuestra casa está en una franja que es tierra de nadie, donde “estas cosas pasan” (levantando los hombritos), y que demos gracias porque no pasó algo peor.

Todavía Pedro y Joaquín no entienden, en realidad ni ellos ni nosotros, por qué la policía no hizo nada, pero lo cierto es que no hicieron nada.

Después del último asalto a mano armada (¿por qué recién entonces? No sé) nos preguntamos dos cosas: por qué nos pasaban estas cosas, y adónde podíamos ir para que no nos volvieran a pasar.

Nuestro análisis de por qué nos pasaron estas cosas es largo, complicado, matizado, y no exactamente científico. Pero básicamente nos parece que nuestro país se está polarizando, con la brecha entre ricos y pobres cada vez más grande, y con el gobierno activamente favoreciendo esa tendencia. No hay ninguna señal de un rumbo distinto; desde el facilismo del asistencialismo, los servicios y la infraestructura públicos completamente dejados de lado. Con el sentir político/partidario que no ha cambiado desde la época de los caudillos; no hay un crisol de posiciones en nuestros senados, sino el “o somos amigos o somos enemigos”. No veo manera de que de ahí salga algo que se resista a los caciques que parecemos terminar eligiendo.

Al principio, mientras madurábamos este pensamiento, pensamos en mudarnos. De barrio, de ciudad, de provincia, a algún lugar donde podamos estar tranquilos los próximos 15 años mientras los chicos se hacen hombres.

Después de haber madurado ese pensamiento, llegamos a la conclusión de que el lugar adonde nos queríamos mudar no estaba en Argentina.

Así que en marzo de 2011 nos vamos.